Adultos mayores

Aporte de la Comisión de Género y Discapacidad de ATSS.

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1) REPENSEMOS LA VEJEZ

¿Cómo vemos a la vejez? ¿Cuáles son las construcciones sociales respecto a esta? En los siguientes párrafos trataremos de exponer reflexiones para repensar la vejez. Para esto, utilizaremos algunas extracciones del libro “Hacia un buen envejecer” de Zarebski.

De vez en cuando aparece alguien con la promesa de detener el avance de lo que insiste en considerarse una enfermedad: el envejecimiento. El dominio que tienen hoy las industrias farmacéuticas y el modelo médico hegemónico en la producción de nuevos conocimientos y por ende, en la formación de subjetividades y nociones respecto a ciertas poblaciones o realidades, ha dejado una visión negativa de la vejez. Se reproduce una visión de esta como una etapa de solo pérdidas, de enfermedades y excesos de medicación que casualmente llena los bolsillos de esas industrias.

Es importante saber enfrentar con dignidad las desventajas que pueda presentar la edad para poder compensar lo que se pierde y acentuar lo que se gana. Si cada uno pudiera acompañar el programa biológico que marca la especie con un programa personal acerca de cómo aprovechar mejor el trozo de vida que le toca, seguramente el envejecer no sería vivido como una bomba de tiempo, sino como una construcción personal del propio destino.

Es paradójico, pero quienes menos soportan la idea del envejecer son precisamente aquellos que, por una u otra razón, no están viviendo en el presente una vida plena. Sienten que la vida se les escapa de las manos. El afán de prolongarla interminablemente pone en evidencia que no han encontrado aún el sentido de su vida.

No todas son arrugas. Hay marcas biológicas y marcas sociales de la vejez. Pero cuando uno no acepta que se lo defina como “viejo” es muy probable que nos esté diciendo que él, como persona, no consiste sólo en un cuerpo o en un rol social o familiar. Un ser humano, a cualquier edad que sea, es mucho más que eso. Es un ser humano, más allá de la edad que tenga. Nos está diciendo, cuando nos dirigimos a él como “viejo”: no se dirija a mí en base a mi aspecto o a mi ubicación social, no me recorte, véame como un ser humano antes que nada.

Es por esto que la Comisión de Mayores plantea:

“En cuanto a los destinatarios de estas políticas, son naturalmente los ancianos, a quienes preferimos llamar ‘adultos mayores’ por su sola condición de Seres Humanos y el respeto que merecen como tal; en suma, los adultos mayores en su totalidad”.

Lo biológico y lo social actúan como receptores de la temporalidad. Cuando nos referimos a “lo social” hacemos referencia a cómo se organiza nuestra sociedad, qué lugar le da a cada persona en base a su edad biológica, sexo biológico o género, condición sexual, etc. Vivimos en una sociedad que nos clasifica y que nos demanda ser productivos y por ende la valoración y estatus de las personas está dado por su nivel de productividad, sea económica, reproductiva, o cual fuere. Se trata de un sistema inhumano porque las personas no están regidas sólo por la cronología del desarrollo biológico, de acuerdo con las leyes de la Naturaleza, sino que están determinadas además por las leyes de la cultura.

El deseo puede pervivir en la vejez porque las intenciones humanas trascienden las funciones biológicas.

Lo crucial para un buen envejecer, consiste en poder sobrellevar la discordancia entre lo que se es y lo que se parece. Poder aceptar que uno se siente joven, pero que el cuerpo envejece.

Si no fuera por esa discordancia, uno se olvidaría de la finitud.

Se puede ser viejo para algunas cosas pero no para otras. Se puede serlo sin sentirlo y sentirlo sin serlo. Perder la capacidad de curiosidad y de asombro, por no estar dispuesto a cambiar y a seguir luchando.

Una vejez saludable es aquella que puede reconocer sus angustias, y cuenta con recursos para superarlas.

Aquellos jóvenes que tenemos adultos mayores en nuestras familias, sobre todo los que tenemos hijos, debemos tener mucho cuidado en como los tratamos, porque esos hijos estarán aprendiendo de cómo somos con nuestros adultos mayores y se reflejará luego en como ellos nos traten a nosotros en nuestra vejez.

2) 156 PERSONAS MAYORES DENUNCIARON MALTRATOS EN 2015; LOS HIJOS SON LOS QUE MÁS LOS EJERCEN
(Artículo Publicado por “La Diaria” el miércoles 15 de junio de 2016)

En el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato a la Vejez, el Instituto Nacional de las Personas Mayores presentó datos de 2015 provenientes del Servicio de Atención a la Violencia Intrafamiliar, que funciona en Montevideo y la zona metropolitana. Fueron atendidas 156 personas mayores. Ocho de cada diez son mujeres, y en 54,6% de los casos son los hijos quienes ejercen el abuso o maltrato. El principal tipo de abuso es el psicológico.

A este, que representa casi la mitad de los casos, les siguen la negligencia y el abandono (21,7%), el abuso patrimonial y el maltrato físico (15,2% cada uno). Al abuso o maltrato ejercido por los hijos le sigue el ejercido por la pareja (11,1%).

Estos datos coinciden con estudios realizados en todo el país. La Primera Encuesta Nacional de Prevalencia sobre Violencia Basada en Género y Generaciones, realizada en 2013, mostró que 9,5% de las mujeres mayores “había experimentado en el último año situaciones de violencia por parte de su familia, y que la violencia psicológica es la que se presenta con mayor frecuencia”. Por otro lado, el informe “Las personas mayores en Uruguay: un desafío impostergable para la producción de conocimiento y las políticas públicas” señala que quienes ejercen el maltrato “suelen ser conocidos […] siendo lo más frecuente que suceda dentro del contexto familiar o en el ámbito en el cual se proveen los cuidados”.

De acuerdo a las estimaciones y proyecciones de población elaboradas por el Instituto Nacional de Estadísticas a partir del Censo 2011, en 2015 habría 484.407 personas mayores de 64 años, que representarían 14% de la población total.

Aproximadamente en uno de cada tres hogares uruguayos vive una persona de 65 años y más, y en uno de cada diez vive una persona de 80 años y más. Respecto del arreglo familiar, el más frecuente es vivir en pareja, sin los hijos (33,6%). Otra proporción importante vive en hogares unipersonales (26,7%). Las personas de 80 años y más reducen su participación en los arreglos familiares nucleares e intensifican su presencia en hogares unipersonales y extendidos. En cuanto a la “ubicación geográfica de los hijos”, los datos indican que 26,5% vive con algún hijo en el hogar, lo cual es más frecuente en el caso de las mujeres: 29% versus 22,7% de los varones. Un porcentaje similar, 24,6%, vive con algún hijo en el mismo barrio, y 22% con sus hijos en otro barrio pero en la misma ciudad.

El abuso o maltrato puede manifestarse de diversas maneras; puede ser físico, psicológico, sexual, patrimonial y/o negligencia o abandono. Por lo general, los distintos tipos de maltrato no se producen en forma aislada, sino que suceden en forma simultánea.

El Servicio de Atención a la Violencia Intrafamiliar funciona desde 2013 y brinda atención directa y asesoramiento psicológico, social y legal. Está en Pernas 2461, local 301, entre Cabrera y Asilo, y atiende de lunes a viernes de 9.00 a 13.00. También se puede llamar al 2400 0302 interno 4701, al celular 098 846 943, o enviar un email a servicioinmayores@mides.gub.uy.

3) MANTENER NUESTRO LUGAR DE TRABAJO NO IMPORTA LA EDAD

El abuso de los derechos que tenemos todas las personas mayores constituye una violación de los derechos humanos y una de las causas importantes de lesiones, enfermedades, pérdida de productividad, aislamiento y desesperación (García Araneda, N. 2006).

El ámbito laboral sigue siendo para el adulto que desea o necesita mantener su fuente de ingresos un espacio de socialización fundamental en la vida de las personas y por tanto el tiempo de trabajo es, por su cotidianidad y por su proximidad, una clave vital para visibilizar, para hacer patente la igualdad, la dignidad, sin discriminación, desplazamientos o violencia.

La llegada a la edad adulta y a la llamada tercera edad plantea cambios en la vida de todas las personas, estos cambios se desarrollan en todos los niveles, tanto físicos como psicológicos y afectivos. Estos cambios por lo general constituyen -en el estadio adulto- el elemento estructurante de su vida, pero no hay razón de que la edad de la persona produzca trastornos negativos en su puesto de trabajo.

Esa etapa se ha convertido en nuestras sociedades y referente al adulto que necesita o desea mantenerse en su actividad laboral una etapa difícil de transitar, por el estigma social y la imagen del viejo como obsoleto y pasivo en situación de desgano laboral, rutinario, sin elementos nuevos para aportar.

Estas personas desvalorizadas y a veces con problemas de autoestima, discriminadas por sus propios compañeros de trabajo, generalmente más jóvenes, observan un proceso paradójico por medio del cual su calidad de vida se ve desmejorada pero prolongada por los avances científico-tecnológicos.
Sin embargo, el estereotipo establecido en la sociedad actual por el paradigma de la productividad, la obsesión por esta productividad, la valoración de lo útil en tanto capaz de producir valor pecuniario, ha generado la pérdida de valor de la sabiduría, devenida por la experiencia acumulada en años vividos, que significa capital social, y de conocimientos que los adultos podemos dar.

La adoración por lo nuevo, lo joven, asociar la juventud a la habilidad en las nuevas tecnologías no le permite a los adultos de cierta edad transmitir sus habilidades y experiencias para el bien común, produce la falta de integración intergeneracional el aprender del adulto con mayor experiencia laboral , esto se pierde en esta perspectiva de que el joven tiene más conocimientos en lo tecnológico, maneja mejor los nuevos sistemas, los nuevos programas y los nuevos desafíos en las Instituciones .

Sería importante para valorizar la actividad de nuestros mayores el intercambio intergeneracional, un proceso de aprendizaje y retroalimentación volcando la experiencia y el conocimiento.

Sin embargo, el establecimiento de una edad de ingreso a una etapa -sea joven,adulto o adulto mayor- es un constructor social, un estado adscripto aceptado por sus destinatarios. El límite que separa las diferentes etapas vitales ha variado en cada contexto histórico y lo sigue haciendo aún hoy en nuestras sociedades.

Por su parte, cada persona vive su envejecimiento en función de su trayectoria personal, es decir, su historia específica, y la imagen que posee respecto a la vejez, fundamentalmente construida a partir de sus figuras referentes, o sea los adultos mayores familiares o significativos en su desarrollo personal, para cada uno la etapa vejez es diferente.

Podemos decir que el ser viejo o vieja está sujeto a una construcción social, esta categoría más que describir un ‘estado’ en un sujeto, adjudica ciertos roles y funciones sociales que -según la definición que se parta de adulto y adulto mayor- serán desempeñados por aquellos y en su cumplimiento recibirán la necesaria ‘aprobación social’.

Una sociedad para todas las edades es una de los emblemas de la democracia en los últimos años, para conseguir este estado social es fundamental promover y generar la interacción intergeneracional, una sociedad y por tanto un ambiente laboral sin discriminación por edad que nos incluya a todos que nos permita gozar de los mismos derechos en iguales condiciones.

4) CONVENCIÓN INTERAMERICANA SOBRE DERECHOS DE LAS PERSONAS MAYORES

Las personas adultas mayores cuentan con la Convención Interamericana sobre Derechos de las Personas Mayores. El instrumento fue aprobado el 15 de junio en la 45 Sesión de la Asamblea de la Organización de Estados Americanos (OEA), coincidiendo con el día mundial de concientización sobre la violencia hacia las personas mayores.

Artículo 18
Derecho al trabajo

“La persona mayor tiene derecho al trabajo digno y decente y a la igualdad de oportunidades y de trato respecto de los otros trabajadores, sea cual fuere su edad.

Los Estados Parte adoptarán medidas para impedir la discriminación laboral de la persona mayor. Queda prohibida cualquier distinción que no se base en las exigencias propias de la naturaleza del cargo, de conformidad con la legislación nacional y en forma apropiada a las condiciones locales.

El empleo o la ocupación deben contar con las mismas garantías, beneficios, derechos laborales y sindicales, y ser remunerado por el mismo salario aplicable a todos los trabajadores frente a iguales tareas y responsabilidades.

Los Estados Parte adoptarán las medidas legislativas, administrativas o de otra índole para promover el empleo formal de la persona mayor y regular las distintas formas de autoempleo y el empleo doméstico, con miras a prevenir abusos y garantizar una adecuada cobertura social y el reconocimiento del trabajo no remunerado.

Los Estados Parte promoverán programas y medidas que faciliten una transición gradual a la jubilación, para lo cual podrán contar con la participación de las organizaciones representativas de empleadores y trabajadores y de otros organismos interesados.

Los Estados Parte promoverán políticas laborales dirigidas a propiciar que las condiciones, el ambiente de trabajo, horarios y la organización de las tareas sean adecuadas a las necesidades y características de la persona mayor.

Los Estados Parte alentarán el diseño de programas para la capacitación y certificación de conocimiento y saberes para promover el acceso de la persona mayor a mercados laborales más inclusivos.”